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Desbarranque autonomista. A propósito de un nuevo libro de Holloway


Por Ariane Diaz
Fecha: 17/10/2006



El jueves 12 de octubre se realizó la charla presentación de un nuevo libro de Holloway, Contra y más allá del capital, que reúne una serie de discusiones con otros autores surgidos alrededor de sus planteos en Cambiar el mundo sin tomar el poder, libro que también había sido presentado en Argentina con presencia del autor en 2002.

Las diferencias en la situación internacional y nacional desde aquella presentación son notables, como señaló el mismo Holloway en la charla, pero no por ello ha variado sus propuestas. Si en su anterior visita (en plena efervescencia post-2001, cuando el autonomismo hacían furor en la intelectualidad y conseguía adeptos en agrupamientos como los MTD) ya había surgido discusión en cuanto a cómo eludir el Estado cuando éste no nos elude a nosotros (muy fresca estaba la masacre de Puente Pueyrredón), a más de 4 años, desaparecidos y disgregado en individuos el zamorismo, recompuesta cierta estabilidad del gobierno burgués apoyado en las viejas prácticas pejotistas y cooptados por el Estado la gran mayoría de los MTD de desocupados, Holloway nos propone las mismas no- propuestas aunque con menos entusiasmo, menos ejemplos y menos perspectivas, sin profundizar sus argumentos, sin responder a las críticas hechas desde distintos puntos de vista en el propio libro y en el panel, y sin reconocer el fracaso rotundo de tales políticas.

Holloway señalaría dos líneas evidenciadas en el libro: la primera, la defendida por aquellos que con distintos matices abrevan en la tradición del movimiento obrero y revolucionaria que ponen en el centro al "trabajo" y derivan en prácticas "fetichistas". Una vez más, los términos "trabajo" y "fetichismo", tomados de la tradición marxista, son utilizados arbitrariamente por Holloway: el eje del marxismo en la "clase obrera" como sujeto capaz de terminar con la forma de explotación capitalista se convierte según Holloway en un eje puesto en el "trabajo abstracto" propio de esa forma de explotación, y el fetichismo de él derivado, más que un fenómeno propio del capitalismo en el intercambio de mercancías (producido por la separación entre medios de producción y productores y entre trabajo concreto y trabajo abstracto), parece ser una ’ilusión’ que rápidamente se extiende a otras formas de "fetichización" como el Estado (por separar lo político de lo social), los sindicatos (que separa una capa del conjunto de los trabajadores), la representación (que separa representantes de representados), etc.. Ello habría llevado al fracaso experiencias como las de la URSS. En resumen, nos encontramos ante el máximo pecado del lo que él define como "marxismo ortodoxo" (que según se encargó de aclarar, incluye al propio trotskismo y no sólo al stalinismo): una especie de "animismo" primitivo.

En este sentido habría que redefinir, nos dice Holloway, lo que entendemos por lucha de clases, dado que ya no se trataba de la lucha entre los patrones y el proletariado sino que ahora nos daríamos cuenta de que Capital y Trabajo estaban "del mismo lado". Del otro lado encontramos la propia línea de Holloway, no definida sino provisoriamente como un movimiento "en contra" y "más allá" de toda forma fetichizada, caracterizada por la negación y como "pesadilla" o "retorno de lo reprimido" del "marxismo ortodoxo". Ciertamente, la insistencia de Holloway en que ’no somos nada’ (no tenemos ninguna identidad porque estamos contra y más allá de ella, no tenemos representación por lo mismo, etc.) daba a su tendencia un carácter onírico.

Entre juegos de palabras alrededor del mismo punto, la única tentativa de respuesta de Holloway frente a las críticas por subjetivismo solipsista que desde el panel Miguel Vedda traía a cuenta comparándolo con la tradición del Obispo Berkeley, fue que para él "toda objetividad no es más que una subjetividad cristalizada". Claro que con tal definición, no sólo no tiene sentido un balance de las distintas tradiciones que cruzaron (y no sólo de palabra) al movimiento obrero y revolucionario, sino que todos participaríamos del fetichismo salvo los que, como Holloway o Berkeley, están "más allá", aunque el primero tiene menos definido el ’más allá’ que el Obispo.

Por suerte y para no parecer liviano, aclaró que no decía que fuera "fácil" enfrentarse con el Capital, pero que al menos se podía intentar "no tener esas actitudes fetichistas". Cuando de ’cambiar el mundo...’ pasó a demandarnos una ’cuestión de actitud’, dudamos si su libro anterior terminaba en ’...sin tomar el poder’ o era simplemente ’Sin poder cambiar el mundo’. Quizás se explica así que tampoco haya discutido, contestado o considerado la intervención del panelista invitado del MTD que ’valientemente’ reconocía que en buena medida estaban cooptados por el Estado con métodos clientelistas, burocratizados, sin ser todos concientes de por qué están allí, y reproduciendo internamente los mismos mecanismos de dominación que ven en la sociedad, tomando asistencia, abandonando la discusión política en pos de la "masividad" (forma elegante de decir ’acarreando gente), etc..

Es que con una definición tan amplia de fetichismo como la de Holloway, donde todo al mismo nivel son formas frente a las que basta ’cambiar la actitud’, semejantes declaraciones de la propia práctica son naturalizadas en el marco de un mundo ’fetichizado’ e incluso parecen como ’simpáticas’ por ser contadas con actitud ’honesta’ (aunque cabría más definirse como cínica). Aunque no fue hecha en forma polémica contra Holloway sino lo, esta intervención fue quizás la más dura contra sus argumentos, mostrando el desbarranque de un discurso que, bajo consignas autonomistas, elude los verdaderos problemas que enfrentan las masas despertadas a la lucha y dejan que se cuele el Estado y sus punteros por todos lados.

Finalmente, frente a ciertos reclamos de "mayor concreción" de parte del público de algunos puntos, Holloway se limitó a decir que "de pronto" descubrimos que los movimientos piqueteros no son lo que eran, lo mismo que el zapatismo o el pueblo de Oaxaca (esbozando aquí una crítica que no desarrolló sobre la política zapatista frente al fraude electoral), pero que esa es una buena forma de ser, movimientos "en proceso" (aunque sea en proceso de burocratizarse) o "invisibles" que como "volcanes, relámpagos o viejos topos" aparecen y desaparecen. No sabemos si los maestros de Oaxaca se autoconsideran invisibles (sospechamos que no y así se arriesgan a la represión con que en estos momentos lo amenaza el gobierno mexicano), pero sí creemos que propuestas como las de Holloway existen cada vez menos.

Frente a quienes como Holloway critican a la izquierda revolucionaria por "repetir dogmáticamente" esquemas en desuso que no responden a la actualidad mientras nos hablan de un mundo que sólo ellos ven, repitiendo ya hace unos años las mismas fórmulas sin atisbo de autocrítica, sin dar cuenta de los problemas del presente y "escupiendo la historia" (el desdén que denota la expresión es del propio Holloway), quisiéramos terminar con una Tesis de Marx que sin duda mantiene actualidad: "El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico" (Marx, Tesis II sobre Feuerbach).


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